No sé bien por qué algunas fechas se han quedado grabadas en mi memoria.
El uno de diciembre yo me convertí en mujer, al menos, biológicamente hablando.
En mi casa nunca se habían ocultado. Yo ya había visto a mi madre y a mis hermanas con sus cosas en el cuarto de baño, así que no fué ningún choque de esos tipo "mamá, me estoy desangrando, me voy a morir", pero yo tenía sólo diez años y todo este asunto no me gustó nada de nada.
Al día siguiente no fuí al colegio, pues estaba "mala".
Yo no quería que nadie me comentase el tema, evité el día entero la mirada de mi padre y creí morirme de vergüenza cundo veía un episodio de Galáctica y entró la mujer de mi tío al salón para darme dos sonoros besos en las mejillas. Felicidades, me dijo y yo, con el rubor de los diez años que no quieren ser adultos, le contesté: felicidades de qué?
Al cabo de dos días volví al colegio, pensando que todos debían de darse cuenta de que yo ya no era la misma, mi madre me compró un sostén (de color celeste y con encajitos, lo recuerdo perfectamente), llegó el primer verano en la playa y con él mi primer tampón, después las amigas, una tras otra, fueron haciéndose mujeres también, nos estilizamos, nos salieron granos y grasa en el pelo, nos gustaban los chicos y teníamos los sentimientos a flor de piel, pero a veces, cuando nadie me veía, yo seguía jugando con las muñecas de mis sobrinas y, de hecho, lo hago con las de mi hija ahora también...