Yo tengo pocos recuerdos de tú y yo viviendo juntos en la misma casa.
De pequeño tú pasabas mucho tiempo con nuestros tíos, ya sabes, cosas de antes, ellos no tenían hijos y nuestros padres tenían tantos...
Te casaste muy joven, yo debía de tener unos once o doce años, apenas había empezado la pre-adolescencia y me encontraba en esa época de la vida en la que las hormonas reinan en el maremágnum de los sentimientos, no hubo cabida pues para establecer especiales lazos de unión entre nosotros.
Después, el devenir de la vida, el tiempo y la distancia nos llevarían a tomar caminos muy distintos, pero somos hijos de los mismos padres, compartimos además cinco hermanos, así que, aunque con poca frecuencia, aún llegaríamos a coincidir algunas veces.
Yo tengo un recuerdo muy nítido y bonito de tí, es de hace dieciséis años, cuando yo me acababa de prometer con el que más tarde se convertiría en mi marido. Coincidimos los dos en casa de nuestros padres, tú me felicitaste por mi compromiso y me dijiste: vámonos de compras que te quiero hacer un regalo. Fuimos a Benetton, que a mí entonces me parecía el colmo de pijo y caro. Yo me encapriché en un chaquetón de lana a cuadros que a mis ojos tenía un precio demasiado desorbitado como para decirte que era lo que me gustaba, pero tú me viste probármelo una y otra vez, te diste cuenta de ello y, a pesar de mi resistencia, te empeñaste y ese fue tu regalo. Aún hoy uso
el chaquetón, no le ha salido ni una pelotilla y te aseguro que de aquí en adelante me acordaré aún más de tí cuando me lo ponga.
Mi hija sólo te vio una vez, fue en marzo de 2008, cuando las dos viajamos a España recién pasadas las turbulencias que tambalearían nuestras vidas. Tú estabas también allí y subiste y paseaste a Alma en tu moto supermegaguay. Ella recuerda muy a menudo aquel episodio, se confundía con tu nombre y creía que eras mi padre, me costó explicarle que eras mi hermano a pesar de que te llamabas como su abuelo, pero al final lo entendió y, ironías de la vida, sólo te vio en aquella ocasión pero en su cama está y duerme con él muchas noches, el elefante de Pocoyo que le regalaste.
Yo sé que vas a leer esto, porque ne consta que pasabas de vez en cuando por aquí y que incluso alguna vez me has dejado un comentario. Firmabas como El trotapistas y el nombre no podía irte mejor porque eso es lo que tú eras, un hombre al que le gustaban los retos y la aventura, que supo superarse a sí mismo y hacerle siempre frente a las dificultades.
Las últimas fotos que ví de tí son siempre subido a tu moto, con el casco en la mano, sonriente y aparentemente contento. Eras una persona que no se venía fácilmente abajo y no había pista, tanto de motos como de la vida misma, que se te resistiera, excepto esta última, que te pilló en tu propia casa y por sorpresa, sentado delante del ordenador, despojado de casco o de mono de cuero que te protegiese, totalmente desconocedor de que en el salón de tu hogar, esa sobremesa de julio de 2011, tu vida iba a quebrarse para siempre.
Descansa en paz, Rafael.