Acabo de tener, durante el descanso del café, una conversación con una compañera de trabajo.
Alguien preguntaba que si tuviésemos que elegir entre ser muy ricas y ser muy delgadas el resto de nuestras vidas, cuál sería nuestra elección.
Mi compañera no ha dudado en decir que estar delgada, por encima de todo, y no ha servido para nada los argumentos que yo le he dado de que si fuese rica sería fácil ser delgada, que podría contratar a un entrenador personal (uno muy guapo) que viniese a su casa en lugar de tener que ir al gimnasio, que podría tener un cocinero y un asesor dietético que le diseñase los menús sin tener ella ni que hacer la compra ni preocuparse de cocinarlo, que no tendría que trabajar y estresarse y necesitar después consolarse con ese pedazo de tarta porque el día ha sido muy duro y una se merece un homenaje, que podría quitarse de donde le sobra y ponerse donde le falta con ayuda de pinchacitos e intervenciones estéticas.
Nada. No ha habido manera. Por encima de cualquier otra cosa, mi compañera quiere estar delgada.
Yo prefiero ser rica, sin lugar a dudas. Yo no quiero tener sobrepeso y me gusta y debo cuidarme pero no creo en eso de que la delgadez traiga la felicidad absoluta.
La época de mi vida en la que más delgada he estado, con hasta diez quilos menos de lo que peso ahora, fue también la más desgraciada, la más triste y, con diferencia, la más traumática.
Así que no, yo no quiero estar hecha una sílfide antes que otras cosas. Yo prefiero ser tan rica que pudiera dedicarme a la vida contemplativa, que de verdad es lo que me gusta.
¿Qué prefieres tú?











