Yo esta tarde iba a escribir un post en tono lírico sobre mi colección de pulseras, con foto estilo retro y varios enlaces sobre las diferentes épocas obsesivas por las que voy pasando, que si moñas, que si boinitas, que si peinados...pero no, no hubo posibilidad, ni ganas de hacerse foto ni de escribir en plan Rosalía de Castro.
Al llegar a casa un olor nauseabundo inundó mis delicadas papilas olfativas, un maullido ahogado que venía de un sitio cerrado, un pálpito de que algo no era lo que debería haber sido: la puerta del cuarto de Alma cerrada y Perronius dentro, desde las 7.30 de la mañana a las 6 de la tarde y no, no pudo ser, el animalito no se pudo aguantar y se lo hizo todo en la cama de mi niña, un completo, que se dice, su pipí y su popó, encima del edredón, la almohada y el elefante rosa de Pocoyo.
Que conste que no soy especialmente escrupulosa y que he quitado cacas antes, pero hoy, no sé si por la edad o que realmente el olor a mierda de gato recién horneada es asqueroso, pero yo creía que vomitaba, que me daba un telele, que no lo superaba...
Ya se sabe el dicho que cuando una cree que no puede más, aún le queda más del 50% de fuerzas para hacer algo, así que bolsita de plástico en mano, quitar las cacotas de mi Perry, las sábanas, el edredón, la almohada, el colchón y la funda del colchón, todo impregnado en el más exquisito aroma gatil con un ligero toque Whiskas.
En situaciones como ésta es cuando una se alegra de tener lavandería con dos lavadoras tamaño industrial en las que caben hasta los colchones, tres secadoras y un vecino la mar de amable que, a pesar de no tocarme a mí hoy, me ha cedido la mitad de su turno para que yo pudiese arreglar el estropicio.
Tendré que invitarle a un vinito un día, pero de momento yo tengo ahí un Rioja con el que consolarme.
Miau, miau!









